Visuales – La hipérbole de la miseria humana, la obra visual de Álvaro Sánchez

La hipérbole de la miseria humana,

un acercamiento a la obra visual de Álvaro Sánchez

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Si pudiera yo, sin frases, deshacer el mundo,
volverlo todo un galope, un instante.
Ernesto Carrión

Por Carmen Lucía Alvarado

Su camino se inició a través de la publicidad hace ya catorce años y desde entonces asumió a la imagen como un discurso capaz de abstraer situaciones sin la utilización de palabras. Un amante de la literatura que se vio frustrado al no encontrar un espacio para la catarsis necesaria en las palabras, una catarsis que se da como consecuencia de ser una persona extremadamente sensible. Le teme a dibujar, sin embargo el mundo de las computadoras y del Internet, y la cantidad de imágenes con que fue bombardeado y que nos llevan al génesis de su camino mientras veía un video de Nine inch nails, han sido una fuente de materia prima. La fotocomposición, su resultado; su entorno mezclado con sus temores y los más miserables estados de la condición humana, su inspiración.

Las metáforas obsesivas son aquellas que a través de una aparición insistente en las obras de arte las convierten en un discurso del inconsciente, una declaración, un delineamiento del artista. Las metáforas obsesivas transcienden a las palabras y, dependiendo de la disciplina artística en la que se aparezcan, éstas lograrán insertar una idea y mucho más destilado este proceso, un ambiente, una sensación.

Cuando le pregunté por sus obsesiones no me sorprendí. La muerte, me responde. Lo que me sorprende en realidad es que su imagen, su personalidad no parecen ser, al menos superficialmente las mismas que se encuentran frente al monitor, armando y desarmando los trozos de realidad que lleva consigo para luego tener una reinterpretación de sus días, de lo que ve, de lo que le conmueve. La muerte, y como notas a pie de página el temor a la vejez, a la degeneración del cuerpo. Sus texturas, sus colores, todos dictados por una fuerte dosis de decadencia, algo gastado, pero no solo por el tiempo sino por todas las patologías del dolor y del desgarro que acompañan al dios cronos en su afán por dejar evidencias de su paso.

“No puedo crear sin música”. Esa afirmación me empieza a develar los túneles que Álvaro Sánchez atraviesa para conectar vida y obra, entre su cotidianidad y ese otro espacio, ese traspatio en el que las herramientas de los días están tiradas como en un taller de la sensibilidad. Una reelaboración, tomar un hecho, decirlo con un color, un sentimiento traducido a una textura vieja, sangre regándose, marcas. Una metáfora de la realidad.

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Si la subconsciencia tuviera un color sería negra

Los colores recurrentes en la obra de Álvaro Sánchez son el negro, el blanco y el rojo. Viendo una tras otra varias de sus piezas, los colores dejan de ser variaciones de tonos y de luz, empiezan a nombrar, empiezan a desarrollar un discurso:

Negro: Cuando una obra no se ha dado a luz, el artista se enfrenta a un espacio blanco, un espacio que es en realidad sinónimo de vacío. El negro sería entonces una antítesis del vacío, un lugar habitado pero que está invadido por desconocimiento, una tiniebla que no elimina la existencia sino que, más bien, la cubre. En la oscuridad habita la incertidumbre, el temor, la tensión de algo que ronda y que no llega a cuajar ante nuestros ojos porque se escabulle huyendo de la luz. Esta penumbra es la madre de la duda, el manto del suspenso, una capa de misterio sobre la que el artista debe descubrir. Si la subconciencia tuviera un color sería negra, y es en el subconsciente en donde el arte inicia su gestación, en el lugar menos iluminado por el exterior.

El arte es toda imagen, todo discurso, todo sonido, atravesado por dos elementos indispensables: la idea y la emoción. Digamos que ese negro subconsciente en el que se gesta el arte se ve alterado por la idea. Le otorgaremos entonces esta capacidad al blanco, un blanco incisivo que deja una marca, un blanco avejentado que demuestra tiempo y desgaste. El negro misterio se ve descubierto por la claridad de la idea que, en las imágenes de Álvaro Sánchez, resultan ser una evidencia del suspenso violentado por el discurso.

La emoción, el descubrimiento, igual, rojo. El rojo es una evidencia del crimen, lo lúgubre alterado por esa evidencia palpitante de un choque, un rencuentro, la emoción como marca de sangre regada por la obra. El rojo como la evidencia de un sentido visceral que se desangra luego de esa confrontación en la que la obra ha logrado romper algo en la conciencia. Es entonces cuando los discursos se cuelan por esa herida que se abre con el filo de una estética, que no muestra un resultado bello digno de admiración sino más bien la conjunción de un hecho estético atravesado por el sentimiento de la degeneración.

Quizá esa presencia de negro sea la que traslade el modo de tiniebla en el que habitan esos sentimientos parecidos a la razón, la conciencia habita en la parte menos iluminada del ser. La primera capa de color, el negro que es una especie de claridad que se vale de su negativo. Ahí surge el determinismo, en la concepción de un contrario, la luz de una idea debe estar siempre contrapuesta en la oscuridad del silencio, en la oscuridad del suspenso.

Entonces, esta contraposición de oscuridad y claridad (igual marca violenta de una idea) de las piezas de Álvaro Sánchez son más bien una especie de negativo metafórico de la realidad. La realidad como referencia visual, con el agregado de la referencia emotiva. El resultado: una pieza confrontativa, una pieza que ante los ojos del observador no deja el espacio ese en el que uno analiza la obra y descubre el discurso de la imagen acompañado de la lógica y la percepción personal, sino que la obra misma lleva un discurso casi enunciado con gritos, es decir, la imagen se impone con todo el sentido de lo que quiere trasladar, es la obra confrontando al observador, y no al contrario.

Estas no son piezas en espera de contemplación, son más bien piezas que buscan nuestros ojos para insertarse con la fuerza de una flecha que atraviesa las capas más tenebrosas que nos habitan. Y al decir tenebroso no me refiero a un elemento fantástico, o a un estilo gótico del asunto, digo tenebroso como el adjetivo que conmueve al artista en un contexto como el nuestro.

Si bien cada pieza habla por sí sola, ver varias piezas se convierte en esa manifestación del subconsciente del artista que habla en la polifonía de los discursos, de los anzuelos que la realidad le envía. Los personajes que aparecen, las anécdotas, los espacios a los que se refiere y al momento en que todos enunciarse en conjunto, vemos en la traducción de nuestros ojos y nuestro sentido, a la referencia: Guatemala revisitada, las calles, las cosas que pasan, una imagen vista desde el asiento de un auto en movimiento, una anécdota, una textura, una imagen, una luz. Guatemala revisitada ojos adentro, por el camino cavernoso de la sensibilidad, el arte es la iluminación sobre las rocas del subconsciente.

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El trailer de un mal sueño

Sin embargo no es solo esa referencia espacial la que se encuentra en estas imágenes y probablemente sea ahí en dónde habite el mayor valor de la obra de Sánchez, y es que aparentemente una obra infectada por la miseria de los sentidos humanos, por los sentimientos más bajos, los que habitan a ras del suelo, es una obra sin lugar ni fecha evidente, realmente su lugar es la degeneración y su fecha es el tiempo atravesándolo todo.

Los colores, las formas y los temas recurrentes hacen que una obra se vuelva tan amplia que en realidad se conciba más bien como una dimensión. Esto es lo que sucede con la obra de Sánchez, un ambiente, un mundo que remite a este que habitamos, pero que lleve consigo la sensibilidad y la idea que la deforman, y es que cuestionar esta condición humana es uno de los objetivos de estas imágenes y lo logran al convertir esa imagen en una hipérbole de la miseria humana.

“Si mi obra fuera literatura serían cuentos cortos”, afirma. Y esa afirmación funciona si pensamos que lo que nos queda después de leer un cuento corto muchas veces es una sensación, un sabor de boca, algo parecido al tacto que se queda presionando la piel aun después del acto mismo de tocar. Eso se traduce en cada imagen, a través de personajes corroídos por el tiempo, por las circunstancias, por el dolor, por una violencia que opera en una parte del cerebro en el que se engendran las sensaciones.

Rostros ultrajados, deformados, heridos, asustados, sádicos, sobre texturas viejas, manchadas, violentadas. Estamos parados frente al anuncio de una pesadilla, una serie de imágenes que funcionan como el trailer de un mal sueño a punto de estrenarse. Estamos ante una obra que no dialoga con el origen de quien lo observa, más bien lo invade e inevitablemente, lo posee.

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