Reportaje – El ataque de Lup-66

El ataque del lup-66 (fragmento)

Por Eddy Roma

 

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Música y novela

En junio de 2008, la Editorial Cultura, del Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, presentó la primera edición de El perro en llamas, segundo libro en la cuenta personal del escritor Byron Quiñónez. Siete años atrás, la Editorial X —responsable de tender emboscadas al pudor narrativo local durante su corta y feliz existencia— le publicó un volumen titulado 6 cuentos para fumar, sexto y último título de la colección en formato chico “después del fin del mundo”. El libro sobresale por la limpieza de su escritura y la resolución que otorga a hechos inverosímiles. En «El último rave de Gustavo Solís», el narrador —no le vayan a preguntar por qué— amanece convertido en árbol después de compartir una pipa de crack con un amigo y encerrarse en el baño con una adolescente desnuda al ritmo de la «Venus In Furs» de The Velvet Underground. Más de algún lector se quedó en las orillas de «Rufus Johnson Brown», donde se asiste a la lenta transformación del gerente general así nombrado en un monstruo peludo, armado con garras en los dedos y relucientes colmillos en el hocico, listo para cobrar un par de deudas a la Humanidad, atribuyéndole parentesco en cuarto grado de consanguinidad con La metamorfosis según Franz Kafka. Gregorio Samsa, les recuerdo, despertó convertido de una vez en insecto; Rufus Johnson Brown permaneció encerrado en su habitación, padeciendo enojo y calor hasta constatar que su estado era irreversible.

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Raymond Chandler llamó «canibalizar» a la extracción del material incluido en dos o tres short stories publicadas con anterioridad para coserlo en un nuevo orden novelístico. El método se ensayó en El sueño eterno, reveló sus defectos en Adiós, muñeca, y resultó exitoso en la confección de La dama del lago. Byron debió pensar en las páginas iniciales de El perro en llamas cuando otros lectores le mostraron que uno de sus cuentos, el titulado «Paseo», ofrecía posibilidades de ampliación. Describe la caminata nocturna de una muchacha, desnuda cual lady Godiva, que empieza en la avenida Simeón Cañas, zona 2 capitalina, y concluye en una casa medio venida abajo del barrio El Gallito, zona 3. A su paso por la avenida Elena, con las zonas 1 y 3 enfrentándose en cada orilla opuesta, emociona con su contemplación a tres jóvenes de la calle, que la siguen hasta el interior de la casa.

Adentro estaba Theophilus, el Señor de los Perros —viejo, barbudo y sucio—, esperándola desparramado en un sofá viejo y desnivelado, rodeado por perros y cachivaches inservibles.

Las paredes, sucias y descascaradas, estaban llenas de grafittis: algunos francamente obscenos, otros definitivamente pavorosos.

—Te tardaste un poco hoy… —dijo el viejo con autoridad inapelable. Sus ojos de ermitaño se posaron en los tres adolescentes que ingresaron tras ella, deslumbrados por su desnudez.

—¿Y esos patojos?

—Se vinieron siguiéndome, no pude evitarlo.

—Bueno, peor para ellos. Empecemos de una vez…

Termino de leer la historia y puedo imaginar al voz de cualquier doblaje de antaño preguntando, con énfasis bien marcado, ¿qué era lo que empezaría de una vez? ¿Por qué resultaría «peor para ellos»? ¿Qué ocultaban esas paredes cubiertas de graffitis? ¿Y quién era Theophilus y por qué le decían «el Señor de los Perros»? Cuando el escritor panameño Rogelio Sinán leyó un cuento que le mostró Miguel Ángel Asturias —compuesto tras una visita a las plantaciones de banano cercanas a Tiquisate, república de Escuintla—, le dijo que cómo podría publicar eso como relato cuando era el mejor capítulo de una novela. Asturias lo usó como el remate de Viento fuerte, primera entrega de la trilogía de contenido social que completó con El Papa Verde y Los ojos de los enterrados. Byron incorporó a «Paseo» como el capítulo XI de su novela.

Es costumbre que los detectives de habla española sean lectores. El barcelonés Pepe Carvalho, invención de Manuel Vázquez Montalbán, alimenta el fuego de su chimenea con cada libro que termina de leer. El chileno Heredia, ideado por Ramón Díaz Eterovic, posee una biblioteca en el apartamento donde instaló su oficina, acompaña el relato de sus pesquisas con citas de Borges, Onetti y Cortázar, y tiene como mascota a un gato llamado Simenon. El cubano Mario Conde, pensado por Leonardo Padura Fuentes, sueña con retomar su vocación de escritor tras retirarse de la Policía Nacional Revolucionaria.

El comisario Héctor Mendoza y el detective José Abel Rosanegra, investigadores creados por Byron, no poseen gustos literarios pero tienen conocimientos de música bastante inusual entre sus camaradas. Cuando van a examinar el cadáver de Octavio Cardona, el asesinado en las primeras páginas de la novela, el forense Zepeda le dice a Mendoza que el proceso de putrefacción del cadáver se acelera a causa de «algo» y que si quiere ver el tatuaje que lo haga rápido antes de que la piel se ponga negra.

—¿Qué tatuaje?

Zepeda retiró la sábana de encima del cadáver de Octavio Cardona. El dibujo abarcaba casi todo el tórax y representaba una cabeza de cabra en forma de estrella, encerrada por tres círculos concéntricos y signos cabalísticos en cada punta.

Salvo por el tufo a carne descompuesta, el comisario no pareció impresionado.

—Bueno, ¿entonces qué tenemos aquí, un fan de Venom o un satanista de secta ilegal?

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Mendoza vio una réplica de la portada del primer disco de Venom, trío escocés que fundó la primera y muy primitiva etapa del black metal, basada en un sonido crudo y letras paródicas de tan blasfemas, que se titula Welcome To Hell (1981). Pero no terminan las alusiones musicales. Zepeda le responde a Mendoza:

—Yo creo que lo segundo, comisario. También presenta cortes rituales y le faltan dos falanges.

—Pudo habérselos cortado en un accidente laboral, detective. Además recuerde que era un soplón. Castigo de mafiosos, tal vez…

Ningún castigo de mafiosos. Me parece que Byron remite a la mutilación de los dedos medio y anular que el joven guitarrista zurdo Tony Iommi sufrió en la mano derecha cuando trabajaba en una fábrica de Birmingham, Inglaterra, hacia 1968. Iommi se deprimió, creyendo que su carrera había terminado, hasta que su jefe le hizo escuchar un disco del guitarrista gitano de jazz Django Reinhardt. Cuando le contó que Reinhardt quedó inutilizado del anular y el meñique de la mano izquierda tras padecer quemaduras en un incendio, y aún así se las arregló para seguir tocando, Iommi sacó ventaja de su lesión, armó sus prótesis, bajó la afinación de su instrumento, y creó el sonido distintivo de su grupo, Black Sabbath, un guiño amistoso en la novela.

Rosanegra se prepara para asistir a un concierto de thrash metal que se celebrará la noche de Halloween, en el antiguo cine Cali, con la intención de averiguar si entre el público figura quién tenga idea de donde proviene la droga lup-66 —cuyos efectos, describe un periódico, desatan en el consumidor «desórdenes psicológicos y de percepción que le hacen creer que se ha transformado en animal carnívoro»— le pide dinero a Mendoza para comprar una playera de Black Sabbath. «¿Y por qué de Black Sabbath?», pregunta Mendoza.

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—Es mi banda favorita —sonrió el detective encogiéndose de hombros—, y con Sabbath no hay pierde…

Lo dijo Henry Rollins, novelista, filósofo y cantante punk: «Sólo podés confiar en vos mismo y en los seis primeros discos de Black Sabbath». Lo cantó Phil Anselmo con Pantera: «Your trust is in whiskey and weed and Black Sabbath».

Rosanegra recuerda que debe recuperar un disco del rudo y aguardentoso cantante Tom Waits que cometió el error de prestar. Y camino de la morgue, donde le aguarda el cadáver de Octavio Cardona, Mendoza observa que del Cementerio General salen tres jóvenes «con sendas mochilas, cabello largo y playeras de Morbid Angel, Slayer y Celtic Frost». Su nerviosismo los delata ante los guardias. Al registrarles las mochilas, uno de los oficiales extrae un fémur humano. «Por llevárselas de gruesos», reflexiona Mendoza, «ya comieron de aquéllo». Los «gruesos» afirman practicar el satanismo, pero en realidad cometen actos vandálicos en los cementerios para recolectar cráneos, romper unas cuantas cruces y pintar estrellas boca abajo en las paredes de las iglesias. Muy satánicos, según ellos.

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