Literatura guatemalteca – Guatemala, ciudad indigente (la narrativa de Eduardo Juárez)

Guatemala, ciudad indigente

(la narrativa de Eduardo Juárez)

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Por Vania Vargas

Eduardo Juárez empezó a escribir por revancha. Eso fue lo que me dijo mientras garabateaba una dedicatoria en su primer libro publicado, Mariposas del vértigo, una serie de relatos marcados por la violencia, la ternura, el humor y la desesperanza.

Me leyó la dedicatoria en voz alta, cerró el libro y lo puso con fuerza sobre la mesa. Ese, dijo, hubiera sido mi primer patojo.

Desde esa publicación han transcurrido ya seis años y tres libros más, uno de cuentos, Serenatas al hastío, y dos novelas: Retrato de borracho con país y Exposición de atrocidades. Textos de los que ningún lector sale ileso, y que convierten a Juárez en un autor imprescindible dentro de la narrativa guatemalteca contemporánea.

El sueño americano es el sueño de regresar

Cuando su obra apareció en el ámbito literario guatemalteco, él tenía un poco más de diez años de haber regresado al país. Su adolescencia y parte de su juventud habían transcurrido en California, a donde se había mudado con toda su familia en busca de una oportunidad para recomenzar.

Se fueron por tierra, recuerda. Fue un viaje que duró alrededor de dos semanas, y del que tiene fresca la imagen de su madre, cargando de autobús en autobús sus cajas llenas de cachivaches. Ella era la única que tenía papeles para cruzar. Así que cuando llegaron a Tijuana se separaron.

Él, su hermano Ramiro y su hermana Diana se reunieron con Rudy, su hermano mayor, y los hijos de este, Mynor y Omar, que tenían casi la misma edad. Les enseñaron una canción en inglés y los montaron a todos en un picop. Iban cantando esa canción cuando cruzaron la frontera sin documentos. Así, muy temprano, empezó una de las etapas que le marcó la vida: el momento en que se descubrió marginal.

De los 10 a los 24 años, a Juárez le tocó ser extranjero. Se dio cuenta de que era diferente, que tenía que aprender a hablar otro idioma y trabajar sin posibilidades de escoger demasiado.

Le tocó ser mensajero, recoger basura, barrer mientras la gente comía, descargar camiones y desarmar motocicletas. Empezó a desear volver a Guatemala.

Sin embargo, fue hasta que su madre murió cuando tomó la decisión. Tenía 24 años, y en el país faltaba poco para la firma de la paz.

La periferia de la periferia: una espiral descendente

Se dice que la identidad puede ser un llamado de la sangre que se activa con la distancia. Alejado del punto de pertenencia, el hombre descubre todo lo que no es, y así se va delineando su esencia. Cuando Eduardo Juárez volvió a Guatemala sintió que había vuelto a casa. Empezó a trabajar como maestro de Ingles. En esa época, cuenta, soñaba con ser un buen tipo, un buen papá, un hombre entregado a la familia que pensaba formar. Sin embargo, un día todo desapareció, y se convirtió en escritor.

Escribir fue su manera de manejar el dolor cuando ya había hecho de todo para tratar de calmarse. Y en esa última posibilidad en la que se convirtió la literatura, apareció retratada una Guatemala por la que desfilan hombres y mujeres que sobreviven a diario, como él lo había hecho alguna vez, pero desde esta otra periferia.

Borrachos, trabajadores de fábricas, putas. Gente común que camina a diario por algunas de las calles de Guatemala, los mismos que hacen rebotar sus sueños sobre las ventanillas de los buses. En fin, el guatemalteco marginal que, en esta ciudad, conforma una mayoría. Todos, protagonistas de historias que apenas inician cuando se ha llegado al límite de la desesperanza.

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Realismo lumpen

Mariposas del vértigo fue su primer libro. Una colección de narraciones, la mayoría de ellas ambientadas en San José Pinula, un pueblo ubicado en las afueras de la ciudad, en donde los contrastes entre pobreza y riqueza tienen menos kilómetros de distancia, y por lo mismo, ambas se tornan extremas.

En sus páginas, quedan asentados los grandes ejes que Eduardo Juárez irá desarrollando en el resto de su narrativa: el amor y sus más extremas deformaciones, la muerte, la vida, pasión y evasión de la clase proletaria, el mundillo, no menos lumpen, del arte; y todos los sentimientos nefastos que pueden girar alrededor de ellos.

Ambientes sórdidos, situaciones violentas, el hombre en lo más bajo de su condición humana. Todo relatado con un lenguaje sencillo, coloquial, mas no por eso carente de belleza y de juego. En sus textos hay una danza de palabras y sentidos. Casi un barroquismo de sentimientos que permite, en lo más violento de la historia, hacer un giro que haga aparecer la ternura; o en el punto más sublime, hacer explotar la carcajada. En síntesis: hacer sentir, intensamente, porque su literatura está hecha con rabia, y la rabia nunca pasa inadvertida.

Dos años más tarde, en 2007, presentó un nuevo volumen de cuentos: Serenatas al hastío, que incluye, entre otros, el único relato que hace alusión a los años transcurridos en Estados Unidos.

Se trata, además, de un libro en el que aparece otro de sus grandes temas, las experiencias oníricas, la pesadilla como el eco de las cosas vividas y temidas, la vida como ese estado de vigilia distorsionado por la voluntad que se rehúsa a despertar, donde se habla y se convive con los objetos, con los animales, con los ausentes.

Retrato de borracho con país es su primera novela y su tercer libro publicado, a pesar de que se trata del primer texto que empezó a esbozar.

No es casualidad que inicie con una cita de Dante, con la inscripción situada a las puertas del infierno, en la que se advierte que es el momento de abandonar toda esperanza.

De esta manera, y en plena Semana Santa, comienza lo que podría ser el viaje descendente de Seleno. Su deseo de escapar es su guía. Y la única figura femenina que no lo deja, cual “Beatriz”: la indita de la Quetzalteca especial. Ese fantasma que lo acompañará durante el recorrido que inicia en San José Pinula y transcurre por Villa Canales, Ciénaga grande, Mazatenango, Pajapita, Coatepeque, Sanarate y de vuelta a Pinula donde se encuentra “La última esperanza”: el hogar de rehabilitación a donde los hombres como él son arrastrados por el mismo diablo, y donde la salida, quizá, solo significa volver a empezar.

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Fundamentos de la cultura en brama

Las portadas de sus libros y los interiores de esta novela remarcan la estrecha relación que existe entre el autor y la plástica. Una relación que viene por la línea fraterna, directamente de su hermano Juan B. Juárez: pintor y crítico de arte, a través de quien ha podido compartir la cercanía con varios representantes del medio visual guatemalteco, y explorar un mundo que parece tener mucho de consumista, de pose y de trivialidad.

Ya en relatos como “Conversación en el museo”, “J. B en el parque” o “Pintura de navidad”, el sarcasmo y la fuerza de Eduardo Juárez se dirigen directamente en contra ese mundo y sus habitantes.

Es en esta línea en la que aparece su novela Exposición de atrocidades. Un texto que lanza golpes directos contra la cultura, en voz de tres pintores guatemaltecos que se hacen llamar, Bauhaus, Goya y Pop art quienes, mediante la organización de una exposición de atrocidades, en pleno Palacio Nacional, pretenden tallar a la medida, el ataúd de la cultura guatemalteca.

Una novela que lanza una crítica directa, y en la cual es posible encontrar el humor en los puntos más álgidos de sordidez y desesperación, como ha sido una constante en su literatura.

Yo conocí a Eduardo Juárez en las afueras del Palacio Nacional, donde se llevaría a cabo una exposición colectiva que serviría de escenario para la presentación de su libro. El déjavu se estaba cocinando, y allí estábamos todos, sin saberlo, siendo parte de la obra de un escritor que ha logrado violentar los límites del arte, que ha sabido retratar a la clase más baja de la sociedad, sin caer en la idealización ni el paternalismo y que sabe que el arte es el resultado del momento en que los ángeles y los demonios personales se ponen a jugar.

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